Las enseñanzas que nos deja la oscuridad
Hay momentos en los que la vida nos apaga las luces sin avisar.
Hay momentos en los que la vida nos apaga las luces sin avisar.
De pronto, aquello que parecía seguro deja de sostenernos. Perdemos referencias, respuestas, certezas. Y por más que queramos encontrar rápidamente una salida, hay procesos que no se dejan apresurar.
Hace muchos años llegó a mis manos el libro “Las noches oscuras del alma”, de Thomas Moore. Entonces lo leí de una manera. Hoy, después de mis propios descensos, lo comprendo desde otro lugar.
He aprendido que hay noches que no vienen para ser vencidas.
Vienen para ser atravesadas.
Y también he aprendido que, muchas veces, cuando ya no podemos mirar hacia afuera, comenzamos por fin a mirar hacia adentro. Y que por eso se hace tan necesario permitirnos pasar el dolor por el cuerpo para poderlo superar.
Desde una mirada sistémica
Desde una mirada sistémica, no todo lo que aparece en nuestra vida comienza con nosotros.
A veces tocamos dolores antiguos: duelos que quedaron pendientes, personas excluidas, historias que no pudieron nombrarse, lealtades silenciosas que siguieron caminando de generación en generación.
No se trata de culpar al pasado ni de explicar todo a través de la familia. Se trata de ampliar la mirada y hacernos una pregunta fundamental:
¿Qué está buscando un lugar a través de esto que estoy viviendo?
Muchas veces, algo comienza a ordenarse no cuando encontramos una respuesta, sino cuando dejamos de excluir aquello que también pertenece.
Y ahí la oscuridad deja de ser solamente ausencia de luz.
Se convierte en un espacio de revelación.
Mis propios descensos…
Siempre me ha fascinado la mitología griega. El Hades, el inframundo, representa ese descenso a lo profundo, a lo oculto, a aquello que no puede encontrarse en la superficie.
Durante mucho tiempo lo vi como una metáfora hermosa. Después entendí que también podía ser una experiencia.
Yo también he tenido mis propios descensos.
Momentos en los que sentí que la vida me quitaba el mapa y me obligaba a caminar sin saber hacia dónde. Y fue justamente allí donde empecé a comprender la importancia de la sombra y reconocerla como una gran maestra de vida.
No porque la sombra sea agradable. No porque el dolor deba romantizarse. Sino porque hay partes de nosotros, de nuestra historia y de nuestro sistema que solo pueden ser vistas cuando dejamos de correr hacia la luz.
La sombra también pertenece.
Un árbol no crece solamente hacia arriba. Mientras sus ramas buscan el cielo, sus raíces descienden hacia la oscuridad de la tierra.
Y es allí, donde nadie las ve, donde encuentran el alimento que les permite sostenerse.
Tal vez nosotros también necesitemos, algunas veces, descender para poder volver a crecer.
Antes quería entender rápidamente mis noches oscuras. Hoy intento escucharlas.
Porque no toda semilla necesita luz para comenzar a transformarse.
Primero necesita tierra, silencio y tiempo.
El amor también se hace presencia
La vida también me ha enseñado algo que para mí se ha vuelto muy sencillo y muy verdadero:
El Amor se traduce en:
atención + tiempo.
Porque muchas veces el problema no es que no nos amen, sino que no logramos sentirnos amados.
Y el amor comienza a sentirse cuando se hace presencia. Cuando alguien nos mira de verdad, nos escucha, nos dedica tiempo, está con nosotros.
Para mí, allí el amor deja de ser una palabra y comienza a sentirse en el cuerpo.
Eso también ha cambiado mi manera de acompañar.
Hoy no creo que acompañar sea tener todas las respuestas. A veces acompañar es poder sentarse cerca de la noche de otro sin apresurarse a encender una luz.
Es ofrecer presencia.
Es dar tiempo.
“No puedo hacer este camino por ti, pero puedo quedarme cerca mientras encuentras el tuyo.”
Y después de la noche…
Hoy miro la oscuridad de otra manera.
No la romantizo, porque sé que duele. Sé que hay noches que parecen interminables y momentos en los que una quisiera saltarse el proceso y despertar directamente del otro lado.
Pero también sé, por lo que he vivido, que algunas de esas noches me llevaron a lugares de mí que nunca habría conocido a plena luz.
Me enseñaron que no todo lo que duele necesita ser expulsado. Algunas cosas necesitan ser vistas, reconocidas e integradas.
Me enseñaron que la luz no siempre llega desde afuera.
Y que muchas veces comienza justamente cuando dejamos de pelear con la sombra.
Quizá la oscuridad nunca haya sido lo contrario de la luz.
Quizá sea uno de sus lugares de gestación.
Y si hoy estás atravesando una de esas noches, no quiero decirte que debes entenderla, superarla o encontrar de inmediato una enseñanza.
Solo quisiera compartirte algo que yo también he necesitado recordar muchas veces:
Aunque hoy no puedas verla, la vida sigue haciendo su trabajo en ti.
Adriana García-Croes
Systemic Dragonfly School
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