El círculo en las Constelaciones Familiares

Adriana García-Croes 10 min de lectura
El círculo en las Constelaciones Familiares

El círculo en las Constelaciones Familiares

DONDE NADIE ESTÁ POR ENCIMA DE NADIE

Cuando llegamos a un encuentro grupal de Constelaciones Familiares, hay algo que sucede incluso antes de comenzar a constelar:

nos sentamos en círculo.

Puede parecer simplemente una manera práctica de disponer las sillas, permitir que todos podamos vernos y dejar libre el espacio central donde se desarrollará el trabajo. Pero el círculo es mucho más que eso.

Antes de que alguien cuente su historia, antes de elegir representantes, el círculo ya está diciendo algo:

Aquí todos pertenecemos.
Nadie está por encima de nadie.
Somos personas diferentes, con historias y funciones diferentes, reunidas alrededor de un mismo centro.

Es como si, antes de pronunciar la primera palabra, la propia forma del círculo nos recordara las reglas del encuentro.

No hay una silla en la cima.
No hay una última silla.

Hay lugares. Y hay un centro que nos reúne.


El círculo: una forma antigua de encontrarnos

Mucho antes de que existieran las Constelaciones Familiares, los seres humanos ya se reunían en círculo.

Alrededor del fuego, en consejos, ceremonias y espacios comunitarios, diferentes culturas encontraron en esta forma una manera natural de escucharse, compartir la palabra y encontrarse.

Quizá no sea casual.

Cuando nos sentamos frente a frente construimos una conversación. Cuando nos sentamos en círculo construimos un nosotros.

El círculo no tiene cabecera. No señala quién es más importante. No establece un arriba y un abajo. Cada persona ocupa un punto diferente y, sin embargo, todos pertenecen a la misma figura.

Esto guarda una hermosa semejanza con la mirada sistémica: todos tenemos derecho a pertenecer, aunque no todos ocupemos el mismo lugar ni tengamos la misma función.

Porque igualdad de dignidad no significa igualdad de roles.

En una familia existen padres e hijos, quienes llegaron antes y quienes llegaron después. En un encuentro de constelaciones también existen funciones distintas: quien facilita, quien trae un asunto para trabajar, quien representa y quien observa.

El orden permanece. Lo que desaparece es la idea de que una persona tenga mayor valor que otra.


Bert Hellinger y su encuentro con los zulúes

Hay una parte de la historia de Bert Hellinger especialmente significativa cuando hablamos del círculo.

Antes del desarrollo de las Constelaciones Familiares, Hellinger vivió durante aproximadamente dieciséis años en Sudáfrica como sacerdote y misionero, buena parte de ese tiempo en contacto con comunidades zulúes.

Aquella convivencia dejó una huella importante en su manera de comprender las relaciones humanas.

Hellinger relató cuánto le había impresionado la forma respetuosa en que los zulúes se relacionaban, la importancia concedida a la comunidad y a los ancestros y una manera de abordar asuntos colectivos en la que las personas podían ser escuchadas conservando su dignidad.

Podríamos decir que allí encontró algo que después sería fundamental en su mirada:

el ser humano no es una isla; se parece más a una hoja de un árbol.

La hoja tiene su propia forma y ocupa su lugar. Pero para comprenderla necesitamos recordar las ramas que la sostienen, el tronco del que procede y las raíces que, aunque no podamos verlas, hicieron posible que llegara hasta allí.

Detrás del círculo había una comprensión:

yo formo parte de algo que me precede y que también continuará después de mí.

Allí podemos reconocer una de las raíces de su posterior mirada sistémica: el individuo no existe aislado.

Pertenece. Tiene un lugar. Está vinculado a quienes estuvieron antes.


El círculo también tiene una historia terapéutica

Sin embargo, sería demasiado simple atribuir el círculo de las Constelaciones Familiares únicamente a la experiencia de Hellinger con los zulúes.

Su recorrido estuvo atravesado por diferentes corrientes terapéuticas y de trabajo grupal: psicoanálisis, terapia Gestalt, análisis transaccional, terapia familiar, dinámica de grupos y, de manera especialmente interesante para este tema, el psicodrama desarrollado por Jacob Levy Moreno.

Moreno llevó el trabajo terapéutico más allá de la conversación tradicional e incorporó el cuerpo, los roles, la representación, el escenario y la participación del grupo.

La historia dejaba de estar solamente en las palabras y comenzaba también a ocupar el espacio.

Esta imagen resulta muy cercana a lo que ocurre en una constelación: aquello que durante años pudo vivir escondido dentro de una persona encuentra, por un momento, un lugar afuera donde puede ser observado.

Por eso, cuando miramos las Constelaciones Familiares, podemos reconocer distintas influencias culturales, comunitarias y terapéuticas, a las que Hellinger fue dando una expresión particular desde su comprensión sistémica.


Cuando nos sentamos en círculo, ya estamos diciendo algo

En un encuentro grupal todos podemos vernos.

Nadie queda escondido detrás de otro. Nadie necesita ocupar una posición elevada para acompañar el proceso. Incluso quien facilita forma parte del círculo.

Para mí, esto tiene un significado profundo:

puedo acompañar un proceso sin colocarme por encima de quien tengo delante.

Puedo tener una responsabilidad y una función diferentes sin convertirme en alguien “más”. Y quien viene a trabajar una dificultad tampoco es “menos”.

El círculo nos devuelve así a una imagen de equilibrio entre el dar y el tomar:

a veces doy y a veces recibo; a veces sostengo y otras veces soy sostenido.

Como sucede con la respiración.

Tomamos aire y después lo entregamos.
Recibimos y soltamos.

Nadie podría vivir solamente inhalando ni solamente exhalando.

También los vínculos necesitan ese movimiento.


Todos miramos hacia el centro

Hay algo especialmente bello en la geometría del círculo: todos estamos alrededor de un centro.

Ese centro inicialmente permanece vacío.

Y me gusta pensar que ese vacío no significa que allí no haya nada, sino que allí todavía puede aparecer algo.

Después será ocupado por quienes representen a una madre, un padre, una pareja, un hijo, un síntoma, una emoción o algún elemento significativo del sistema que se está observando.

El centro se convierte entonces en el lugar donde algo puede hacerse visible.

Es como abrir una ventana en una habitación que llevaba mucho tiempo cerrada. La ventana no crea lo que estaba dentro. Simplemente permite que entre luz suficiente para poder verlo.

Y quienes permanecemos alrededor observamos.

Pero observar una constelación no necesariamente significa permanecer ajeno.

Una frase pronunciada para otra persona puede estremecernos. Un movimiento puede recordarnos algo propio. Una historia perteneciente a otro sistema puede mostrarnos algo que nunca habíamos podido mirar en el nuestro.

Y entonces comprendemos una de las particularidades del trabajo grupal:

no solamente trabaja quien constela.


Todos formamos parte del campo

Dentro del lenguaje de las Constelaciones Familiares hablamos del campo para referirnos a esa experiencia compartida que se hace perceptible durante el trabajo y en la que los representantes pueden registrar sensaciones, impulsos, emociones o movimientos relacionados con el sistema representado.

No necesitamos convertir esta experiencia en una verdad absoluta ni explicar completamente su naturaleza para reconocer algo que quienes hemos participado en constelaciones grupales hemos observado muchas veces: lo que ocurre en el centro puede movilizar también al grupo.

Me gusta imaginar ese campo como el agua de un mismo lago.

Cada persona ocupa un lugar distinto en la orilla, pero cuando una piedra toca el agua, las ondas no permanecen únicamente en el punto donde cayó.

Se expanden.

A veces llegan suavemente. A veces apenas las percibimos. Y otras veces alcanzan justamente una orilla que necesitaba ser tocada.

Por eso me gusta decir que en un encuentro grupal no existen verdaderos espectadores. Existen diferentes maneras de participar.


La historia del otro también puede mostrarme algo de mí

Esta es quizá una de las experiencias más sorprendentes de los encuentros grupales.

Llegamos creyendo que venimos a acompañar la constelación de otra persona y, de pronto, algo nos toca.

No porque tengamos exactamente la misma historia, sino porque detrás de historias diferentes existen experiencias profundamente humanas: pertenecer, amar, perder, tener miedo, buscar a mamá o a papá, aferrarnos, despedirnos, tomar la vida.

A veces creemos estar mirando el espejo de otro y descubrimos, de pronto, un pequeño reflejo nuestro.

Cada uno toma aquello que encuentra resonancia en su propia historia.

Y allí aparece nuevamente el equilibrio entre el dar y el tomar:

hoy puedo prestar mi presencia para representar en tu historia y quizá, mientras lo hago, tu historia me regale una comprensión para la mía.


El círculo como imagen de pertenencia

Desde la mirada sistémica hay un principio que atraviesa profundamente este trabajo: todos los que pertenecen tienen derecho a un lugar.

Por eso resulta tan simbólico que nuestro trabajo comience formando un círculo.

Cada silla señala una presencia.
Cada persona ocupa un lugar.
Cada historia merece respeto.

El círculo no pregunta quién merece estar dentro. Su propia forma parece decirnos: si perteneces, hay un lugar.

Quizá por eso representa tan bien aquello que buscamos en las Constelaciones Familiares: incluir en lugar de excluir, mirar en lugar de negar y ordenar sin necesidad de colocar a unos por encima de otros.


Una experiencia profundamente humana

Para mí, un encuentro grupal de Constelaciones Familiares no es simplemente una sucesión de personas que vienen a “hacer su constelación”.

Es un encuentro humano.

Durante unas horas, historias que parecían separadas comienzan a encontrarse. Una persona ofrece su presencia para la historia de otra. Alguien representa. Alguien observa y comprende. Alguien se emociona. Alguien reconoce. Alguien simplemente permanece en silencio.

Y todo eso forma parte del encuentro.

Quizá por eso seguimos reuniéndonos en círculo después de tantos siglos.

Tal vez porque, de alguna manera, el círculo se parece a la vida misma.

No sabemos exactamente dónde comienza una historia familiar. Miramos hacia atrás y encontramos padres, abuelos, bisabuelos… y detrás de ellos otros tantos que hicieron posible nuestra llegada.

Tampoco sabemos hasta dónde viajará aquello que hacemos con nuestra propia historia.

Somos quienes recibimos de los que estuvieron antes y, al mismo tiempo, quienes entregaremos algo a los que vendrán después.

Por eso el círculo contiene una sabiduría muy sencilla:

Puedo ocupar mi lugar sin quitarte el tuyo.
Puedo mirar hacia el centro sin perderme a mí.
Puedo recibir algo de ti y también ofrecer algo de mí.
Puedo reconocer que somos diferentes sin necesitar que uno esté por encima del otro.

Y aunque cada persona llegue cargando su propia historia, durante un instante todos compartimos algo profundamente humano: el deseo de pertenecer, de ser vistos y de encontrar un lugar desde donde mirar la vida con un poco más de conciencia.

Quizá eso sea, finalmente, lo que el círculo viene recordándonos desde mucho antes de que existieran las Constelaciones Familiares:

que la vida no comenzó con nosotros, que tampoco termina en nosotros y que, de una manera u otra, todos formamos parte de algo mayor.


Frase sanadora

“Ocupo mi lugar y respeto el tuyo.
Tomo lo que hoy la vida me ofrece y dejo contigo lo que te pertenece.
Aquí todos formamos parte, y cada uno tiene un lugar.”


Adriana García Croes
Systemic Dragonfly School
Aprender Sanando

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